Miguel Molina de la Torre, salesiano presbítero

Era el prefecto o vicario-administrador del colegio Sagrado Corazón de Ronda, y por ello, “el más conocido” por mucha gente. Nació en Montilla (Córdoba) el 17 de mayo de 1887. Con 12 años fue inscrito en la casa salesiana recién fundada (1899) en esta ciudad de la campiña cordobesa. Aquí inició los estudios hasta que, como aspirante, entró en la casa de Sevilla-Santísima Trinidad. Prosiguió en Carabanchel Alto (Madrid), donde, en 1905, inició el noviciado, que culminó en 1906 con la profesión religiosa en Sevilla. La ordenación presbiteral la recibió en Jerez de la Frontera en 1913.

Ya como sacerdote, don Miguel estuvo tres años en Utrera, de consejero escolástico, cargo que repitió en Córdoba de 1917 a 1919. Este año fue destinado a Ronda-Sagrado Corazón como prefecto, hasta 1927 que fue a Sevilla-Santísima Trinidad con el mismo cargo. Desde 1930 a 1933, estuvo de nuevo en Córdoba como catequista, volviendo definitivamente a Ronda-Sagrado Corazón como prefecto desde 1933 a 1936, año en que lo sorprendió la persecución.

Igual que los demás salesianos de “El Castillo”, don Miguel Molina fue obligado a abandonar el colegio a primeras horas de la tarde del día 24 de julio, en su caso, para encaminarse a la pensión Progreso, cuyo dueño, empleado municipal era conocido suyo y estaba relacionado con el colegio. En esta pensión permaneció don Miguel hasta la madrugada del día 28 de julio. Entonces, un piquete de milicianos se lo llevó junto con otros tres salesianos de la casa de Ronda-Santa Teresa que estaban refugiados con él en la misma pensión.  Cuando los metieron en el famoso vehículo, que por su función el pueblo llamaba “el Drácula”, don Miguel Molina susurró: “¡Jesús mío, ten piedad de mí!” No pasaron por ningún comité. Atados de dos en dos, acabaron junto a las tapias del cementerio. Seguramente, tras abrazarse y animarse al supremo sacrificio y perdonar a los verdugos, recibieron la descarga mortal.

Un testigo en el proceso, recogió el rumor de que don Miguel había muerto con fortaleza cristiana y por el único motivo de ser sacerdote salesiano.